Hola a todos, mi nombre es Luís. Soy un chico
de 14 años que, como otros muchos niños, tenemos muchas historias que contar, pero
la mía es particular:
Vivo en una casa a las afueras de Jaén con
mis padres, Antonio y Ana, y mi hermano pequeño Iván. Justo delante de mi casa hay
un campo repleto de olivos, una de las parcelas es de mi padre, donde trabajan muchos
jornaleros, algunos de ellos inmigrantes.
Mi padre también fue emigrante. Su lugar
de destino era Alemania, concretamente una fábrica de coches alemanes. Él tuvo una
vida muy difícil en ese país, no tenía cerca de él a la familia, con lo que sufrió
muchísimo. Además de todo eso, tuvo que vivir en un albergue, ya que el sueldo no
era especialmente el de un ministro, con lo que no podía costearse una vivienda.
Este año ha venido a trabajar en el olivar
de mi padre una familia de inmigrantes de Ksar el Kebir (Alcázar del Rey), cerca
de Larache, en Marruecos. Ellos no tenían papeles, con lo que eran ilegales; tampoco
tenían casa donde alojarse y por la noche dormían debajo de uno de los tantísimos
olivos resguardados por unas piedras en forma de cueva que apenas les daba cobijo.
Mi padre, al ver esta situación, se acordó mucho de la que él vivió en Alemania
y decidió preguntarnos a toda la familia que si podían alojarse las semanas que
duraba la recolección de la aceituna, ya que teníamos un dormitorio de invitados
donde había dos camas libres. Yo, sin dudarlo, le dije que sí, ya que, además de
ayudar a unas personas que vivían en precario, sería un acto que nos mejoraría como
personas. Mi madre y mi hermano pensaron lo mismo. A mi padre le dio mucha alegría
nuestra reacción.
Ya en la cena, nos dijo que por la mañana
se lo comunicaría a la familia.

Después de desayunar, mi padre nos dijo que
iba a ir a decírselo. Yo le dije que quería ir con él y nos dispusimos a ir hacia
allí.
Cuando nos íbamos acercando, yo iba pensando
en si aceptarían, aunque, pensándolo mejor, si yo viviera en esas condiciones en
las que ellos vivían aceptaría seguro.
La familia se asustó mucho cuando nos acercamos
a ellos. Tenían mucho frío y hambre. Mi padre le dijo:
- Hola, vengo a haceros una pregunta: ¿queréis
instalaros en nuestra casa los días que dura la recogida?
Todos quedaron un poco desconcertados, nos
pidieron un momento para pensárselo pero rápidamente nos dijeron:
- Estaríamos encantados, pero queremos que
sepáis que si vamos a ser algún estorbo, nosotros nos quedamos aquí. Nosotros sólo
queremos el dinero para irnos a nuestro país y ayudar a nuestra familia en Ksar
el Kebir.
A lo que mi padre contestó:
- No, no, que va, vosotros no vais a estorbar,
tenemos un dormitorio donde podéis alojaros.
Aquella familia aceptó y nos fuimos para
la casa.
Cuando nos íbamos para allá, me entró la
curiosidad de preguntarle sus nombres. Me dijeron que se llaman Hassan y Aixa, y
sus hijos Abdul y Nayim.
Al llegar a casa no sabían que hacer. Mi
madre les saludó y les indicó donde estaban la cocina, el baño y las habitaciones.
Cuando entraron a la habitación, lo primero que hicieron los niños fue tumbarse
en la cama. Sus caras morenas eran de una alegría sin igual, al ver que ya no tendrían
que dormir en el suelo.
Cuando mi madre salía de la habitación, Hassan
le preguntó en qué dirección estaba
- Montamos en una patera de Tánger con muchos
otros emigrantes. La travesía fue demasiado difícil; hacía mucho frío y el agua
nos salpicaba en el cuerpo, como si de cubitos de hielo se tratase. Había mucho
oleaje y estuvimos a punto de volcar en dos ocasiones, en las cuales cayeron algunos
al mar. Cuando llegamos a Algeciras, era de noche, las calles estaban solitarias,
y volvimos la vista atrás para descubrir, con una profunda tristeza, que en la patera
había cuatro personas muertas. Luego, cogimos una furgoneta de un compañero nuestro
que también viajaba con nosotros, y que ya había vivido algunos años en España.
Nos pusimos en marcha a las 8 h. de la mañana y llegamos a Jaén a las 11.30 h.

Esta historia me puso el vello de punta.
De la cara de uno de sus hijos caían lágrimas al recordar todo lo que habían pasado.
En ese momento me di cuenta de que mi pregunta
no había sido muy apropiada, y decidí desviar el tema. Les pregunté si querían enseñarnos
una receta de su país para hacerla a la hora de comer. Ellos, sin haber abandonado
las lágrimas, me dijeron que sí. Mi madre cogió rápidamente un papel y un bolígrafo
para apuntar la receta. Esta consistía en los deliciosos pinchos morunos, que se
hacen con carne de cordero (ya que no pueden comer nada de cerdo) y especias como
guindilla, clavo, comino, pimentón, ajo y sal.
Ese día comimos los ya nombrados pinchos
morunos, acompañados de una buena ensalada de tomate con aceite y orégano. Ni Hassan
ni Aixa bebían cerveza ni nada que tuviera alcohol porque su religión se lo prohibe,
mientras que mis padres se tomaron una cañita de cerveza a la hora de comer.
La comida estaba muy buena y era un plato
que no había probado en mi vida. Abdul y Nayim me comentaron que esa era la comida
que comen casi todos los días, pero de lo rica que estaba, no se hartaban nunca.
Después de almorzar, Hassan y Aixa se fueron
a trabajar. Ellos nos pidieron que si nos podíamos quedar con sus hijos hasta que
ellos acabasen. Nosotros aceptamos sin problemas.
Yo les pregunté que si querían salirse a
la calle a jugar al fútbol con mis vecinos, pero para mi sorpresa, me dijeron que
no, que tenían miedo. A lo que yo contesté:
- ¿Miedo a qué?, mis vecinos son gente muy
amable y no le harían daño ni a una mosca.
Abdul me respondió:
- Tus vecinos no son como tú te piensas.
Hace dos días, mientras dormíamos en los olivos, un grupo de cinco chicos de unos
15 o 16 años nos empezaron a tirar piedras, pero por fortuna no nos dio ninguna.
Mientras nos tiraban piedras nos lanzaban numerosos gritos racistas y nosotros estábamos
muy asustados. Por eso, cuando vosotros os acercabais a nosotros para ofrecernos
vuestro hogar, estábamos tan nerviosos porque creíamos que nos ibais a hacer algo.
Aquellas palabras de Abdul me hicieron reflexionar.
Me resultaron tan dolorosas que me propuse que, si bien yo no podía cambiar el mundo,
al menos aportaría mi grano de arena tratando con respeto a personas con culturas
distintas a la mía.
Cuando Hassan y Aixa volvieron del trabajo,
nos reunimos en torno al fuego de la chimenea a charlar sobre costumbres de su país.
Nos contaron que ellos por la tarde se reúnen con familia o amigos en el salón de
su casa, que no tiene muebles, sino que se llena de cojines en torno a una mesa
central para tomar el té, acompañado con pastas. Al té le añaden pétalos de azahar
que le da un aroma incomparable.
También nos dijeron que, cuando van a la
playa, las mujeres se bañan con el pañuelo en la cabeza y la chilaba para que el
sol no les broncee la piel.
Más tarde cenamos un pollo con cous-cous
que mi madre se esmeró en hacer siguiendo las instrucciones del paquete que había
adquirido en el supermercado, porque era la primera vez que lo cocinaba.
El pollo fue un éxito y, tras charlar un
buen rato después de la cena, nos fuimos a la cama con un buen sabor de boca.
El día había sido largo, pero todos habíamos
aprendido mucho.

Al día siguiente, todos tendríamos que levantarnos
temprano. Mi hermano y yo adornaríamos el árbol de navidad y mi padre tenía que
acompañar a la familia a la oficina de extranjería para regularizar su estancia
en España para que pudiesen ser legales y para poder venir el año próximo a trabajar
a nuestros olivos y se quedaran en nuestra casa como este año.
Mis padres habían demostrado una actitud
solidaria. Esta Navidad cobraba sentido.
La solidaridad no es una palabra, es una
actitud.



