1er Premio 9ª Edicion Concurso Organizdo por la Asociación Cultural IUVENTA : OLIVARES CON SORPRESA. Autor: David Romero 3ºB


     

Hola a todos, mi nombre es Luís. Soy un chico de 14 años que, como otros muchos niños, tenemos muchas historias que contar, pero la mía es particular:

     

Vivo en una casa a las afueras de Jaén con mis padres, Antonio y Ana, y mi hermano pequeño Iván. Justo delante de mi casa hay un campo repleto de olivos, una de las parcelas es de mi padre, donde trabajan muchos jornaleros, algunos de ellos inmigrantes.

     

Mi padre también fue emigrante. Su lugar de destino era Alemania, concretamente una fábrica de coches alemanes. Él tuvo una vida muy difícil en ese país, no tenía cerca de él a la familia, con lo que sufrió muchísimo. Además de todo eso, tuvo que vivir en un albergue, ya que el sueldo no era especialmente el de un ministro, con lo que no podía costearse una vivienda.

     

Este año ha venido a trabajar en el olivar de mi padre una familia de inmigrantes de Ksar el Kebir (Alcázar del Rey), cerca de Larache, en Marruecos. Ellos no tenían papeles, con lo que eran ilegales; tampoco tenían casa donde alojarse y por la noche dormían debajo de uno de los tantísimos olivos resguardados por unas piedras en forma de cueva que apenas les daba cobijo. Mi padre, al ver esta situación, se acordó mucho de la que él vivió en Alemania y decidió preguntarnos a toda la familia que si podían alojarse las semanas que duraba la recolección de la aceituna, ya que teníamos un dormitorio de invitados donde había dos camas libres. Yo, sin dudarlo, le dije que sí, ya que, además de ayudar a unas personas que vivían en precario, sería un acto que nos mejoraría como personas. Mi madre y mi hermano pensaron lo mismo. A mi padre le dio mucha alegría nuestra reacción.

     

Ya en la cena, nos dijo que por la mañana se lo comunicaría a la familia.

   

     

Después de desayunar, mi padre nos dijo que iba a ir a decírselo. Yo le dije que quería ir con él y nos dispusimos a ir hacia allí.

     

Cuando nos íbamos acercando, yo iba pensando en si aceptarían, aunque, pensándolo mejor, si yo viviera en esas condiciones en las que ellos vivían aceptaría seguro.

     

La familia se asustó mucho cuando nos acercamos a ellos. Tenían mucho frío y hambre. Mi padre le dijo:

- Hola, vengo a haceros una pregunta: ¿queréis instalaros en nuestra casa los días que dura la recogida?

     

Todos quedaron un poco desconcertados, nos pidieron un momento para pensárselo pero rápidamente nos dijeron:

- Estaríamos encantados, pero queremos que sepáis que si vamos a ser algún estorbo, nosotros nos quedamos aquí. Nosotros sólo queremos el dinero para irnos a nuestro país y ayudar a nuestra familia en Ksar el Kebir.

     

A lo que mi padre contestó:

- No, no, que va, vosotros no vais a estorbar, tenemos un dormitorio donde podéis alojaros.

     

Aquella familia aceptó y nos fuimos para la casa.

Cuando nos íbamos para allá, me entró la curiosidad de preguntarle sus nombres. Me dijeron que se llaman Hassan y Aixa, y sus hijos Abdul y Nayim.

     

Al llegar a casa no sabían que hacer. Mi madre les saludó y les indicó donde estaban la cocina, el baño y las habitaciones. Cuando entraron a la habitación, lo primero que hicieron los niños fue tumbarse en la cama. Sus caras morenas eran de una alegría sin igual, al ver que ya no tendrían que dormir en el suelo.

     

Cuando mi madre salía de la habitación, Hassan le preguntó en qué dirección estaba la Meca. Mi madre, dispuesta y desenvuelta como ella sola, le dijo que lo iba a buscar en el Google Earth. Cuando lo encontró, subió y le dijo a Hassan que estaba en dirección a un árbol que se veía desde la ventana. Más tarde, mi hermano les dijo que si tenían hambre, que mi madre había preparado torrijas para que desayunasen. Cuando bajaron a desayunar y vieron toda aquella fuente de torrijas bañadas en miel, empezaron a comer como locos; (y es que estar dos días sin comer, son muchos días, ¡yo no sobreviviría ni medio!). Cuando estaban en la mesa, les pregunté que cómo consiguieron llegar hasta España. Ellos se cogieron de la mano, en un gesto que nos sobrecogió, y me contestaron:

     

- Montamos en una patera de Tánger con muchos otros emigrantes. La travesía fue demasiado difícil; hacía mucho frío y el agua nos salpicaba en el cuerpo, como si de cubitos de hielo se tratase. Había mucho oleaje y estuvimos a punto de volcar en dos ocasiones, en las cuales cayeron algunos al mar. Cuando llegamos a Algeciras, era de noche, las calles estaban solitarias, y volvimos la vista atrás para descubrir, con una profunda tristeza, que en la patera había cuatro personas muertas. Luego, cogimos una furgoneta de un compañero nuestro que también viajaba con nosotros, y que ya había vivido algunos años en España. Nos pusimos en marcha a las 8 h. de la mañana y llegamos a Jaén a las 11.30 h.

   

Esta historia me puso el vello de punta. De la cara de uno de sus hijos caían lágrimas al recordar todo lo que habían pasado.

     

En ese momento me di cuenta de que mi pregunta no había sido muy apropiada, y decidí desviar el tema. Les pregunté si querían enseñarnos una receta de su país para hacerla a la hora de comer. Ellos, sin haber abandonado las lágrimas, me dijeron que sí. Mi madre cogió rápidamente un papel y un bolígrafo para apuntar la receta. Esta consistía en los deliciosos pinchos morunos, que se hacen con carne de cordero (ya que no pueden comer nada de cerdo) y especias como guindilla, clavo, comino, pimentón, ajo y sal.

     

Ese día comimos los ya nombrados pinchos morunos, acompañados de una buena ensalada de tomate con aceite y orégano. Ni Hassan ni Aixa bebían cerveza ni nada que tuviera alcohol porque su religión se lo prohibe, mientras que mis padres se tomaron una cañita de cerveza a la hora de comer.

     

La comida estaba muy buena y era un plato que no había probado en mi vida. Abdul y Nayim me comentaron que esa era la comida que comen casi todos los días, pero de lo rica que estaba, no se hartaban nunca.

     

Después de almorzar, Hassan y Aixa se fueron a trabajar. Ellos nos pidieron que si nos podíamos quedar con sus hijos hasta que ellos acabasen. Nosotros aceptamos sin problemas.

     

Yo les pregunté que si querían salirse a la calle a jugar al fútbol con mis vecinos, pero para mi sorpresa, me dijeron que no, que tenían miedo. A lo que yo contesté:

     

- ¿Miedo a qué?, mis vecinos son gente muy amable y no le harían daño ni a una mosca.

     

Abdul me respondió:

     

- Tus vecinos no son como tú te piensas. Hace dos días, mientras dormíamos en los olivos, un grupo de cinco chicos de unos 15 o 16 años nos empezaron a tirar piedras, pero por fortuna no nos dio ninguna. Mientras nos tiraban piedras nos lanzaban numerosos gritos racistas y nosotros estábamos muy asustados. Por eso, cuando vosotros os acercabais a nosotros para ofrecernos vuestro hogar, estábamos tan nerviosos porque creíamos que nos ibais a hacer algo.

     

Aquellas palabras de Abdul me hicieron reflexionar. Me resultaron tan dolorosas que me propuse que, si bien yo no podía cambiar el mundo, al menos aportaría mi grano de arena tratando con respeto a personas con culturas distintas a la mía.

     

Cuando Hassan y Aixa volvieron del trabajo, nos reunimos en torno al fuego de la chimenea a charlar sobre costumbres de su país. Nos contaron que ellos por la tarde se reúnen con familia o amigos en el salón de su casa, que no tiene muebles, sino que se llena de cojines en torno a una mesa central para tomar el té, acompañado con pastas. Al té le añaden pétalos de azahar que le da un aroma incomparable.

     

También nos dijeron que, cuando van a la playa, las mujeres se bañan con el pañuelo en la cabeza y la chilaba para que el sol no les broncee la piel.

     

Más tarde cenamos un pollo con cous-cous que mi madre se esmeró en hacer siguiendo las instrucciones del paquete que había adquirido en el supermercado, porque era la primera vez que lo cocinaba.

     

El pollo fue un éxito y, tras charlar un buen rato después de la cena, nos fuimos a la cama con un buen sabor de boca.

     

El día había sido largo, pero todos habíamos aprendido mucho.

     

   

     

Al día siguiente, todos tendríamos que levantarnos temprano. Mi hermano y yo adornaríamos el árbol de navidad y mi padre tenía que acompañar a la familia a la oficina de extranjería para regularizar su estancia en España para que pudiesen ser legales y para poder venir el año próximo a trabajar a nuestros olivos y se quedaran en nuestra casa como este año.

     

Mis padres habían demostrado una actitud solidaria. Esta Navidad cobraba sentido.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

La solidaridad no es una palabra, es una actitud.

     



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